Pero son doscientos jóvenes años, ¿entonces? ¡Entonces! Unas empanaditas de cerdo con malbec en alguna fiesta callejera con la escarapela entre los dientes. Entre voces de tantos diciendo tantas cosas, adjudicándose la posta, el dato único de por qué somos como somos. Pero al bajar del tren, saliendo del subte o subiendo al bondi, las caras, los gestos, dicen otras palabras, remiten otro humor. Y ahí viene la pregunta: la fiesta, ¿dónde está?  Cuál es la sorpresa que nos cala en el orgullo y nos va a poner en una semana con “la argentinidad al palo”. Entonces, entonces. Entonces, se huele. Otra vez a por uno. A por la nuestra. A ver por dónde, cuándo y cómo celebrar. ¿De qué van los 200? ¿Qué es 200? Otra película con menos gente, San Martín arremetiendo en los Andes, Belgrano envuelto en la bandera, Borges, Leloir, el Lole, Vilas, Pichuco, Piazzolla, Houssay, Agote, Diego, Gardel, Fangio, Cortázar, Mercedes Sosa, el asado, las pastas del domingo.
O tal vez, el desconcierto, descubrir que estamos en mayo con otra semana esperando el festejo que viene de algún lado. Orientando la silla para observar los fuegos artificiales. Efímero. Eventual. Doscientos años de eventualidades. Tal vez, para tantos, esto no sea tan significativo como la cerveza que vuelca San Patricio o la previa del Mundial. Seguramente, para otros no tenga la adrenalina de Sudáfrica ni la fuerza de Show Match. No es como salir con la celeste y blanca. Los trajes del siglo XIX no se consiguen como un plasma en cuotas y a domicilio. Y además, qué decir al bajar del tren, el subte o el bondi. Festejame, celebrame esta sensación de desamparo a la que nos exponen las autoridades de tantos turnos. Es difícil alegrarse en esos momentos, en las instancias de las broncas diarias y los arrebatos de furia y de los otros. Es mejor correr a casa, salir de la agresividad y acovacharse en refugios conocidos, esperando, viendo, evitando, ignorando. Cerrando la ventana del auto, enrejando las aberturas, blindando. Pero son 200 años. 200 de una idea, de una intención con recovecos y que fluye a pesar de las tantas murallas. Un algo que brota en el próximo gol u otros ejemplos de orgullo que nos muestran, nos grafican por un instante por qué somos como somos. Es efímero, pero son doscientos años que merecen una gran celebración interna y colectiva. Buscá en tu boliche más cercano el abrazo de otro que sos vos. Argentinos, en mayo, en busca de los trescientos años.SALGAMOS A FESTEJAR LA SEMANA DE MAYO

Salí a la calle a preguntar por los festejos de los 200 años de nuestra nación argentina. En Buenos Aires, más de uno se me quedó mirando como si no entendiera de qué le estaba hablando. Repetí la pregunta una y otra vez, la expliqué: “Bueno, mirá, este 25 de mayo, no sólo se festeja el nacimiento de nuestro país, sino los 200 años de la revolución”. Antes de terminar, ya me respondían raudos: “Yo no sé nada de política, organizo fiestas, encuentros, en boliches o en espacios abiertos, quintas, donde vos dispongas, pero de política, no sé nada, no me meto”. ¿Es sólo un festejo político? Otra vez empezaba mi explicación. Mientras, pensaba: “Debe ser mi barba, debe creer que estoy con este o con aquel”. Pero no, nada tenía que ver mi barba. El tema de fondo son los posibles feriados de mayo, el 20 de junio o el 9 de julio.

Bicentenario.
¡Qué olvido! Me doy cuenta de que yo tampoco me acuerdo de festejar aquella gesta, aquellos días como lo pensaron quienes, en diferentes tiempos, dieron su vida por esta patria tan querida. Desde los días del colegio que no festejo tan importante unión de hombres y mujeres con un solo pensamiento, el de la libertad. En esos días, me pinchaban una escarapela y, sin saber ni entender bien por qué, izaba la bandera, cantaba el himno y me daban un rico chocolate caliente. Después, a casa, tenía dos o tres días sin ir a la escuela.
¿Qué nos pasó?
No se dónde esconder la cara de solo recordar cuántas veces me burlé de los estadounidenses y su fetichismo por su bandera y de los sobreactuados festejos del 4 de julio y sus películas con tanta exacerbación de ese tonto nacionalismo con el que disimulan su ignorancia sobre su historia y sus héroes civiles y militares. El amor a la bandera, ¿te hace nacionalista? ¿En qué te convierte? ¿Es ridículo?
Trato de entender qué nos pasó, porqué no nos interesa, por qué solo pensamos si ese día cae en fin de semana o día de semana, si será feriado, si el partido de turno en el Gobierno lo declarará o no feriado nacional o día festivo. No existe razón más importante que no sea la de no ir a trabajar y así poder dormir hasta más tarde.

De todos modos, aunque a muchos no nos importe, en la Argentina habrá fiesta. Algunos se dieron cuenta de que puede ser un buen negocio, como el Día de San Valentín, Halloween o Semana Santa.

La idea desde esta redacción es que, poco a poco, reflexionemos si este Bicentenario nos agarró in fraganti ante tamaño olvido; y que a partir de hoy, del año que viene o desde cuando sea posible, hagamos el esfuerzo mental y espiritual y les demos a estos días el mismo valor con el que lucharon nuestros padres, abuelos y tatarabuelos. No puede ser que la Semana de Mayo se haya reducido a una semana de miniturismo. A la distancia, no parece ser justo ante la epopeya de Mayo. Por todo esto, aunque nos vayamos a la playa, al campo, a la quinta, al cine o al centro cultural para matar el tiempo, tomemos un ratito para pensar en todo lo que le debemos a nuestra país, a esos colores que no solo son los de la camiseta de Diego y Messi, sino que son los colores de nuestra patria, a la que le debemos respeto tan solo por el simple hecho de haber nacido en ella. ¿O no?

¿Será posible?
Recordar los principios de Mayo no solo es tarea de nuestros gobernantes, esos a los que votamos cada dos años, también es tarea de los padres, los maestros, y de cualquier trabajador o ciudadano que aprecie el suelo en que vivimos. Es el día de la patria, la semana en que nos proclamamos dueños de nuestro porvenir, de nuestra historia y de nuestro destino.

Por todo eso, y para no hacer más y más largo este reclamo, lo mejor que podemos proponer es que cada uno de nosotros se junte con amigos y parientes, organice una fiesta, un encuentro y, aunque dé un poco de vergüenza, propongamos levantar una copa y brindemos una y otra vez por nuestra patria, por ser argentinos –que, al final, no está tan mal– y por tener un destino que, más allá de las diferencias que nos pueden separar, en buena hora nos pertenece y, por muchos años más, nos seguirá perteneciendo.
Ahora, pienso, la idea está buena. ¿Cómo hago? Si propongo esto a los amigos, casi seguro que me miran y se ríen. No importa, ya que estamos, vayamos a un bar, un boliche o una fiesta y festejemos la Semana de Mayo por lo que nos legaron hace ya 200 años.

Además de la reinauguración del Teatro Colón, que cumple 102 años, en la Ciudad habrá fiesta en el Obelisco, en la Fundación de las Madres, en el Centro Cultural Konex, en bares y boliches como Godoy, Niceto Bar, Isabel, The Roxy Live Bar, en La City, Lithium, Congo, Modena, Crobar, Terrazas, Sabbia, El Carnal y quién sabe dónde más. Además, mientras se espera el Mundial de Sudáfrica, hay lugares donde ya está todo listo para festejar no se sabe muy bien qué, pero seguro que algún gol va a haber. De todos modos, no nos olvidemos más, la Semana de Mayo hay que festejarla con ganas, sea en un bar irlandés o en uno francés. Imitemos lo bueno que otros argentinos y extranjeros demuestran en sus fiestas patrias y mostrémosle al mundo que los porteños no solo estamos orgullosos de nuestra selección, sino también de nuestros colores y, más allá de cualquier opinión, de nuestra querida patria argentina. ¡Salud, porteños! ¡Salud, pueblo argentino!

¿Cómo festejan los demás?
Recientemente, vimos el espectáculo que brindaron los desfiles de las huestes chavistas en Venezuela, le guste a quien le guste, la propuesta fue muy vistosa, más de uno se quedaron boquiabiertos porque les gustó mucho o porque los impresionó. Chapeau.

Cuando le tocó a Francia, París era de película, la música, su gente, el glamour de la Ciudad Luz se hizo notar en todo el mundo durante el día con desfiles militares, aviones y de ex combatientes, y durante la noche, con los Campos de Marte iluminados mostrando a sus habitantes y al mundo el orgullo de ser francés, el orgullo de tener una ciudad como París.

En los Estados unidos, la cosa no podía ser de otra manera. Todo salió de película: desfiles militares, ex combatientes otra vez, miles de personas y asociaciones civiles demostrando su orgullo por pertenecer, por ser estadounidense, por ser los más grandes del mundo en tantas cosas, más allá de que alguno no esté de acuerdo. Los gringos, cuando festejan, lo hacen a lo grande, los fuegos artificiales, casi, casi más que cuando festejan los mismísimos inventores de la pólvora.
Sobre los chinos, prefiero no hacer referencia; por cantidad y poder, juegan en otra liga, ellos desfilan y festejan desde hace como 5000 años.

¿Nos fuimos muy lejos?
De acuerdo. Nos quedamos acá nomás.
En las provincias argentinas, como lo es también la Ciudad de Buenos Aires, los festejos y las fechas patrias tampoco se viven con la “algarabía” del porteño. En Corrientes, Tucumán, Santiago, Salta o Mendoza la cosa es totalmente diferente. Estos feriados o fechas patrias son una nueva excusa para juntarse a comer un asado con amigos, empanadas, locro, carbonada, guiso, torrejas, pastelitos, tortas fritas, chocolate, vino, cerveza y, por quee no, hasta una rica caña. La cosa resulta más íntima, la cosa así es más popular, no solo de algunos pocos, no solo el festejo de los chicos. De todos modos, para ellos como para nosotros los porteños, un feriado, sei, esa fecha patria, un feriado es un feriado.

Por eso, otra vez la pregunta. ¿Qué nos pasó?
Nos fuimos a la quinta.